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La practica antiopresiva en contexto de trabajo social clínico

February 6, 2018

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El 4 de abril se cumplen 9 años del fallecimiento de Michael White (1948-2008). White fue un trabajador social y terapeuta familiar australiano que se le conoce en el mundo entero por ser el fundador de la terapia narrativa (junto a David Epston), así como por su influencia en la psicoterapia y la terapia familiar. 
 

White tenía una especial predilección, no sólo por la narrativa, sino también por la producción de escritos. De este modo, su enfoque ha permitido la incorporación, a la práctica clínica del trabajo social y la psicoterapia en general, de las cartas, certificados, acreditaciones, declaraciones y contradocumentos, trasladando así el énfasis al cambio, la diversidad y el diálogo colectivo e interpersonal. 

 

Los autores de este texto exponen un homenaje póstumo a Michael White por su 9º aniversario, a través de una carta, como a él le hubiese gustado. Una carta de estilo directo, expositivo, afectuoso y cálido, conectada con sus vidas cotidianas, y distanciada del mundo frío e impersonal de los discursos científico-profesionales. 

 

Palabras clave: Michael White, prácticas narrativas. 

 

 

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Karina Fernández D’ Andrea [1]

A Michael White:

 

Querido Michael, se acerca el aniversario de tu fallecimiento. El 4 de abril de 2008, falleciste en San Diego (California) creo que de un ataque cardíaco. Me pasa que cada vez que te leo me parece que entablo una conversación contigo. ¡Cómo me hubiese gustado conocerte! O quizá si lo hubiese hecho no te hubiese considerado como te considero, un genio. Mientras releo lo que he escrito me parece que un genio se te queda corto, eres, (perdonadme todos que hable en presente, pero en presente lo siento) un artista de los que hay pocos, un creativo, el artífice de la magia que me atrapó y no puedo sino rendirte homenaje.

 

Leo y releo los pocos libros que hay en castellano, y tus escritos siempre terminan conmoviéndome…no pocas veces he terminado un capítulo con lágrimas en los ojos, emocionada. No me pasa igual con otros autores. Ni siquiera con David Epston. Saber que trabajabas en salud mental, y que como trabajador social lo pasaste mal también en tu relación con otras disciplinas, que te cambiaron de lugar varias veces y que fuiste criticado me acerca mucho al Michael White que admiro profundamente y con quien siento una gran conexión.

 

Llegaste a mi vida como por casualidad, yo quería trabajar de otra manera y siempre tuve un sentido de que había que tenerle un gran respeto a las personas con las que trabajábamos, pero mi forma de relacionarme con ellas, mezclaba asesoramiento y escucha empática, me posicionaba como experta, que puede aconsejar. Y aunque luchaba por los derechos de las personas en cada ámbito y tenía claro que las instituciones tienen objetivos implícitos que no siempre coinciden con los de la disciplina, me faltaban técnicas y poder describir en qué mi trabajo era diferente al establecido. Lo era, pero me faltaba lenguaje, epistemología, técnicas y posicionamiento descentrado pero influyente.

 

Comencé a conocerte a través de un curso de Stephen Mádigan, discípulo tuyo que me hablo de ti. Al principio no entendía nada. Me descolocó. Y empecé a preguntar. Poco a poco todo fue adquiriendo sentido, y entonces surgió mi curiosidad. Empecé a buscarte, quería leer de primera mano qué decías...y como dice Karl Tomm, en el prólogo a Selected Papers, eras tan simple que parecía todo muy natural, y tan complejo que parecía increíble. ¡Eso era Trabajo Social aplicado a la intervención individual! Pero otra forma de trabajo nunca vista. Era como si hubieses teorizado sobre cómo yo intervenía, pero además ampliado y dotado de nuevas técnicas y miradas que iban más allá de lo que yo había llegado. Traducías a la intervención microsocial a grandes autores que yo amaba, Foucault, Derrida, Bateson…pero eras además creativo, habías experimentado con ello con grandes resultados (imagino tus luchas porque te dejaran experimentar...), se podía ver tu gran corazón a través de tu intervención y lo que rescatabas a la escritura y la grandeza de tus sesiones, ¡era tan emocionante! Solo tenía ganas de gritar de emoción… 

 

Qué dolor no conocerte. Poder apenas acercarme algo a tu grandeza a través de tus textos…Estudié, hice una especialidad en Terapia narrativa y luego un máster. Un psiquiatra se ofreció a supervisarme y me impulsó a meterme en la clínica. Practiqué, y fui creativa con mis usuarios, personas olvidadas para las que no había recursos y me dieron permiso para hacerlo. Vi grandes resultados, y apenas puedo decir que soy una aprendiz. También me criticaron y me metieron miedo en el cuerpo algunos psicólogos, incluso fui atacada duramente por una compañera que pidió que se me expulsara y denunciara por intrusismo, solo porque quería ayudar a una persona que sufría mucho, y a la que el psicólogo de mi centro de servicios sociales, rechazó atender. MI terapia con esa persona había sido intensiva, un año medio con sesiones maratonianas que a veces duraban 3 y cuatro horas. Pero los resultados comenzaban a verse y ella había conseguido bajar muchísimo su sintomatología y comenzaba a sonreír, e incluso había vencido varias fobias, y hablado en un congreso de psicología. Yo estaba en el punto de sentirme feliz y entonces me tiraron un chaparrón de miedos y responsabilidad por su vida y me instaron a que la enviara a un psiquiatra con experiencia. Lo hice, por inexperta y por ella, coincidiendo con que me echaron de ese trabajo. Busqué a la mejor y la convencí de que la atendiera.

 

Fue un gran error, ella se sintió abandonada y aún me guarda rencor, y tuvo varias crisis en picado, que terminaron con ingresos psiquiátricos y recrudecimiento de sus síntomas. Todos esos momentos pasan por mi cerebro cuando pienso en ti Michael White, mi maestro, mi amigo a través del tiempo, mi querido Michael. Solo puedo darte gracias por tu generosidad al enseñarnos cómo se hace, intentar aprender más y más y desentrañar el misterio de tu magia.

 

Alguien que te conoció me dijo una vez que tú también lo habías pasado mal en relación a psicólogos, y te sentí aún más cercano. Y entendí porque cuando se hace una formación de terapia narrativa, van básicamente psicólogos, y porque Hug Fox, otro de tus discípulos de Inglaterra, cuando lo conocí me dijo, “I’m just a social worker” (solo soy un trabajador social) pensando que yo era psicóloga y lo admiraba. Y desde entonces hago mía esa frase y le digo hola, solo soy una trabajadora social. Y lo que Michael White hacía, era solo, trabajo social clínico. Gracias Michael White, estás vivo en mi corazón y mi alma, espero que, por mucho tiempo, y si no, siempre tengo tus libros donde encontrar tu magia. Hoy cerca del 4 de abril, te rindo este homenaje con dolor por tu pérdida y amor por tu permanencia.

 

Karina Fernández D’ Andrea (solo una trabajadora social).

 


Para Michael White

de Diego Reyes Barría [2]:

 

Recordar tu nombre, ad portas de tu memoria eterna, implica para mí una caravana de experiencias que deseo recordar en estas palabras. La primera vez que vi tu nombre Michael fue leyéndolo en la portada de uno de tus libros que se encontraba en una antigua librería ubicada en la Isla Grande de Chiloé en el invierno del año 2012 mientras vacacionaba. En aquel entonces yo todavía era un estudiante de Trabajo Social, con muchas dudas e interrogantes sobre mi futuro profesional, recuerdo que me gustaba mucho la filosofía y de hecho participaba en grupos filosóficos en la universidad, llegué inclusive a ser discípulo de uno de los profesores de filosofía más destacados de la Universidad de La Frontera, teniendo clases personalizadas con él y siendo ayudante de cátedra durante más de tres años. No obstante, mi relación con la filosofía se vio envuelta en una gran contradicción, la cual dominó una parte importante de mi vida...recuerdo que eran mis últimos años de formación como trabajador social y me desempeñaba en un servicio de psiquiatría de adultos, en una unidad de hospitalización de corta estadía. En ese lugar, una profesora mía que era trabajadora social me instó muchas veces a mantener una postura pragmática y a/filosófica, ya que las necesidades institucionales requerían de expertos que supieran identificar las conductas de los “anormales” para su posterior diagnóstico e intervención de su salud mental, cumpliendo muchas veces los trabajadores sociales un rol de agentes del funcionamiento institucional de una cultura que degradaba la experiencia de dolor y sufrimiento de esos seres humanos. Esta realidad me impactaba, y la comenté en varias ocasiones en mis reuniones con las personas de filosofía, no obstante, su respuesta fue de total desinterés y de poca empatía por estas personas con las cuales yo trabajaba diariamente, inclusive estos filósofos despreciaban la práctica del Trabajo Social, ya que era una disciplina que no representaba los ideales cientificistas que ellos consideraban como dignos de análisis. Fue así como se rompió mi relación con la filosofía en aquel entonces, y por lo tanto, seguí mi formación en el espacio institucional disponible, y que promovía solo una visión clínica psiquiátrica tradicional. No pasó mucho tiempo para que dicha formación fuera cuestionada día a día por aquello que pensaba sobre las cosas que se hacían en ese lugar, para mí la filosofía siempre fue un puente para no caer en dogmatismos y hermetismos disciplinares. Fue así como mi interés por hacer de mi trabajo algo que fuera más allá de lo meramente asistencial y psiquiátrico, me llevó a estudiar en la Universidad de Chile un programa de psicoterapia sistémica y familiar; y en ese contexto, mi viejo libro que había comprado en Chiloé y que lo tenía guardado en mi biblioteca personal, ese libro de ti Michael, que aquí en Chile se llama “Guías para una terapia familiar sistémica” abrió mi mente y pudo unir mis intereses sociales, filosóficos y prácticos. Fue como armar un puzzle, mi experiencia personal estaba siendo congruente después de muchos años, realmente ahora podía ver el mundo con otros ojos, ahora se me estaba permitido pensar y hacer un ejercicio profesional que dignificaba mis encuentros con las personas.

 

En estos rumbos también me aproximé a formarme más sobre estas ideas, y al igual que como lo menciona Karina al inicio de este texto, también comenzó mi aventura formativa y realicé estudios de magíster en psicología clínica. De hecho, fui el primer trabajador social en ingresar al programa en la Universidad de Chile, ya que los temas terapéuticos siempre han sido un espacio de poder-saber privilegiado del conocimiento PSI. No fue fácil, tuve que demostrar muchas veces y justificar mi presencia en el programa, tuve apoyo y detractores acérrimos también, lo pasé mal muchas veces Michael...pero tus ideas y tu persona justificaba mi presencia en la comunidad psicológica, siempre les recordaba a los psicólogos que un trabajador social llamado Michael White es referencia indiscutible en la cultura terapéutica contemporánea, por lo tanto deben tener más respeto por el Trabajo Social, ya que no somos profesionales de segunda categoría como nos quieren hacer ver muchas veces. Creo que tú Michael, representas mucho mi vida, a mí también me han dicho muchas veces que deje de hacer lo que hago y también me han prohibido implícitamente que deje de hacer terapia con las personas con las cuales día a día me relaciono, tal como ese viejo psiquiatra te prohibió a ti realizar tu trabajo ya que tu solo eras un trabajador social y no estabas calificado para hacer dicha tarea reservada al mundo PSI. (Epston, 2008)

 

Estoy totalmente de acuerdo con tu amigo David Epston cuando cita John Mcleod y explícita que tú provocaste un giro en la psicoterapia, llevándola a lo post psicológico, permitiendo visualizar a la “terapia como un proceso primordialmente social más que uno psicológico…” (Op.cit, p.2) Creo que siento lo mismo que Jonathan, cuando te leo Michael, me transporto automáticamente a un espacio de esperanza y optimismo. Creo que tu presencia ha involucrado mucho en mi vida, y me siento reflejado en muchos sentidos. Hoy en día, el legado de tu práctica me ha hecho pensar en la poética de los espacios, en las singularidades de las experiencias en cada persona, y me ha hecho pensar y hacer del Trabajo Social una profesión más amena y humana. Creo que tu vida ha implicado reconstruir y deconstruir muchos saberes que estaban instalados en mi como verdaderos discursos dominantes. Hoy me siento más acorde a una estética, a una ética y a una poética en mi práctica, me siento más libre y menos subyugado. Creo Michael que has sido una de mis máximas inspiraciones, has sido simplemente un trabajador social, un trabajador social que yo siempre he deseado ser, y si me preguntan ¿Qué es un trabajador social? Sin duda que se me viene tu imagen, porque tú representas la esperanza y la justicia de muchos trabajadores sociales que luchamos día a día contra las diversas prácticas divisorias del poder moderno en todas las esferas del malestar humano. Antes de despedirme quisiera dedicarte unos fragmentos de una canción de Víctor Jara que dice “yo no canto por cantar/ni por tener buena voz/canto porque la guitarra tiene sentido y razón/tiene corazón de tierra y alas de palomitas...canto que ha sido valiente/siempre será canción nueva”...Gracias por tu práctica narrativa Michael, que no solo es otro modelo terapéutico en boga, sino que es una filosofía y un sentido para engrosar la dignidad humana.

 

Para tu memoria eterna, con cariño.

 

 

 

Jonathan Regalado Piñero [3]

a Michael White:

 

 

Estimado Michael. Cada ocasión en que oigo tu nombre, me transporto inmediatamente a un espacio de esperanza y optimismo, no sé si un espacio mental o emocional, pero es lo de menos, son tan sólo palabras. Contigo he desarrollado el gusto por saber, o creer saber, que nada está definitivamente determinado, que soy dueño de mi pasado, mi presente y mi futuro en la medida en que soy un ser interpretativo, que construyo activamente, junto a mi contexto, las experiencias de vida a medida que las vivo, las revivo, las cuento y las recuento. White, tu perspectiva de la construcción de las experiencias humanas, me permite recordar las increíbles posibilidades de crear y recrear mi vida. Me permite estar siendo, en lugar de ser. Me invita a contarme, en lugar de leerme en base a los discursos dominantes.

 

White, tú has sido la vía a través de la cual me he acercado al construccionismo social, quizá unos de los descubrimientos filosóficos más importantes en mi vida actual. Tú has sido “el canal”, “el puente hacia”, “la conexión con”, todo aquello que representa esta forma posmoderna de concebir al ser humano, el mundo y la vida en sí misma.

 

Tu perspectiva de las cosas y sus bases, me están permitiendo una transformación como persona singular, pero también como persona que acompaña a otras en procesos de dolor y resiliencia. Y digo me está permitiendo, porque no me gustan los finales cerrados… y esto también lo aprendí de ti. Tu perspectiva me está permitiendo ser más libre; ahora todos los discursos en base a los cuales me he definido y me defino, no son mirados y validados como verdades absolutas, sino como micro-historias dominantes dentro de otras macro-historias dominantes. Ahora estoy siendo más libre de elegir la narrativa sobre mí que es más útil en cada momento, no la que es más cierta; e indagar y rescatar los capítulos subyugados de mi vida, las excepciones a la norma, los párrafos borrosos y anecdóticos…

 

Y sigo siendo consciente de que todo lo que digo que estoy siendo en este texto no es más que otra historia sobre mí, un resumen muy resumido de mi experiencia vital, que elijo extraer conscientemente para este homenaje y que, inevitablemente, cierra puertas al surgimiento de otras narrativas. Pero es útil, ahora… Y esto, es un descubrimiento iluminado por tus palabras.

 

El género es otro asunto en el que tú, tus narrativas y el construccionismo han intervenido liberadoramente. Hombre y mujer, en este momento, son para mí simplemente dos palabras, de seis y cinco letras respectivamente, bajo las cuales la sociedad ha intentado categorizar infinitas combinaciones de variables, las cuáles jamás van a representar el aspecto de la realidad al cual nombran. En este punto de mi vida, elijo no estar siendo hombre ni mujer, ¿Para qué? Ese discurso dominante, tremendamente viciado, crea dicotomías y conflictos innecesarios y constantes que reducen la riqueza de las experiencias de la vida. Prefiero estar siendo simplemente una persona, que utiliza pronombres