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La practica antiopresiva en contexto de trabajo social clínico

February 6, 2018

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TRABAJADOR SOCIAL CLÍNICO: LA IDENTIDAD SUBYUGADA, LA IDENTIDAD QUE RENACE...

 

“Algunas cosas del pasado desaparecieron pero otras abren una brecha al futuro y son las que quiero rescatar”. (Mario Benedetti – El porvenir de mi pasado, 2003)

 

 

En estas palabras, ideas y reflexiones quisiera dejar un testimonio sobre los últimos aconteceres de nuestro ideario profesional. Durante estos meses he podido sostener conversaciones con diversos colegas trabajadores sociales[1] de diferentes partes del mundo. Colegas con los cuales compartimos un vínculo profundo en nuestro pensamiento y ejercicio profesional, legitimando la práctica clínica/terapéutica en Trabajo Social. Lugar que a todo esto no es fácil para identificarse y para practicarlo, ya que en nuestros contextos hispanoparlantes (a excepción de Puerto Rico) existe una cultura que se encuentra habitando en variadas instituciones que reproducen discursos de exclusión sobre el quehacer clínico de nuestra profesión, hegemonizando un mega-relato que entiende la práctica clínica como una praxis psicológica per se, y que en última medida solo puede ser ejercida por profesionales PSI.

 

Las pretensiones de verdad de dichos discursos, y las micropolíticas que generan tienen consecuencias inimaginables, llegando hasta el punto de que muchos colegas trabajadores sociales lleguen a creer que lo clínico no tiene nada que ver con nuestra identidad e historia profesional, generando tensiones entre nosotros mismos como colegas, en donde florecen las descalificaciones por el ejercicio de la práctica clínica, y que en casos más extremos, como lo que ocurre en Brasil, se llega a promover leyes de exclusión por parte de nuestro mismo gremio profesional que termina por prohibir directamente la formación clínica, la práctica clínica y el ejercicio de la psicoterapia en el Trabajo Social. (Martins, 2012; Meyer, 2001; 2012)

 

 

 

 

En este escenario que puede parecer hostil a simple vista, también coexisten relatos alternativos, y también existe agencia personal/profesional, expresándose en una causa internacional que ha revivido nuestro espíritu, convicciones y aspiraciones. Lo que quiero decir es que en última medida ha renacido nuestra identidad subyugada. Es así como en el grupo Comunidad Internacional de Trabajo Social Clínico, un microespacio virtual de la red social facebook[2], que nació de los cimientos de una página web de la misma red[3], se ha convertido en una modesta plataforma de comunicación fluida entre los colegas trabajadores sociales interesados o practicantes de lo clínico; y no solo de trabajadores sociales, también de otros profesionales como psicólogos y psiquiatras afines a nuestra causa. Hemos podido contar con trasmisiones en vivo dirigidas a la temática de Trabajo Social Clínico, construyendo una especie de contra/academia y un espacio de cooperación mutua, que se expresa en un espacio comunitario que promueve y legitima nuestra identidad clínica.

 

Pero no todo ha sido hojuelas sobre miel, también la micropolítica ha llegado a este espacio, y han surgido los discursos dominantes que se han expresado en las siguientes preguntas ¿Qué diferencia a un trabajador social y de un psicólogo en la práctica de la terapia? ¿Los trabajadores sociales hacemos terapia o psicoterapia? ¿O terapia o socioterapia? ¿Nuestros contextos institucionales refuerzan el asistencialismo en nuestro rol profesional o esperan que hagamos una práctica que solo consista en enganchar redes, instituciones o sistemas de protección social con las personas? Todas estas preguntas me han hecho pensar muchas cosas, y también me han removido profundamente, y me han invitado a cuestionar mis certidumbres. Ante esto quisiera expresar algunas cosas en este texto.

 

Quisiera partir por proponer algunas respuestas a las preguntas expresadas con anterioridad. En lo personal, creo que la diferencia radica en ciertos valores, en ciertos ideales subyacentes en ambas profesiones. Primero que nada, debemos entender que esta pregunta apunta a la práctica clínica o a la práctica de la terapia, y que dicha práctica está contenida en dos subespecialidades disciplinares respectivamente para los fines de este ensayo (Trabajo Social Clínico y Psicología Clínica). No debemos olvidar que se ha tergiversado la identidad del trabajador social, como también la del psicólogo, asumimos algunas premisas que devienen de una forma dicotómica y modernista de entender las profesiones vinculadas a lo clínico. Con esto quiero decir que no existe una sola Psicología, como tampoco un solo Trabajo Social; por lo tanto, existen especialidades dentro de cada disciplina, y ambas disciplinas comparten un interés y un objeto del saber que es común, lo clínico y la práctica de la clínica.

 

Pero lo clínico no es lo médico como lo fue en siglos pasados (Fombuena, 2012; Karsz, 2006) lo clínico ha venido siendo el interés por entender y por intervenir el sufrimiento humano, el sufrimiento subjetivo de las personas específicamente, lo cual es la relación entre lo que vive como malestar psicosocial una persona y sus dificultades con su ecología próxima. Pero hoy en día, ya no solo es entender o intervenir el sufrimiento, también es la búsqueda por el bienestar, y por aquello que nos permita sentirnos mejor en el convivir humano. La terapia en la práctica clínica en su finalidad ulterior es la búsqueda por la felicidad y por el cómo podemos vivir mejor en la sociedad. (Rose, 2007)

 

Ante este panorama, como no existe una sola Psicología o Trabajo Social, tampoco existe una sola Psicología Clínica o Trabajo Social Clínico. ¿Una verdadera paradoja verdad? Es ante este problema en donde se hace evidente el tema de los enfoques, epistemologías, escuelas, y los paradigmas, etc. Y es aquí donde quisiera aportar con el tema de la diferencia, concepto que me desagrada a todo esto, porque a mí me gusta buscar los complementos y no las individualidades de un mercado de la salud mental. La práctica del Trabajo Social y la del Trabajo Social Clínico comparten ciertos valores y finalidades, que están contenidos en la definición mundial[4] sobre el Trabajo Social, estos son: la promoción del cambio y desarrollo social, la resolución de problemas en las relaciones humanas, el fortalecimiento y liberación de las personas para incrementar el bienestar. (Federación Internacional de Trabajadores Sociales, 2014) Dichos principios son guiados por finalidades mayores como los derechos humanos, la justicia social, la responsabilidad colectiva y el respeto por la diversidad.

 

Según lo anterior, no es una anécdota, ni tampoco un azar que los principales trabajadores sociales que han influido en la historia de la terapia familiar, hayan impulsado prácticas terapéuticas centradas en dichas finalidades del Trabajo Social. Por ejemplo los trabajadores sociales, Harry Aponte y Braulio Montalvo en la escuela estructural de Salvador Minuchin desarrollaron un trabajo enfocado a las familias en situación de pobreza y exclusión social, enfatizando la práctica en red y comunitaria en conjunto con las visitas domiciliarias. La trabajadora social Virginia Satir con la terapia familiar conjunta coloca en la palestra el interés por el respeto y la comunicación en el sistema familiar, basándose en un núcleo humanista para comprender la práctica iniciática de la terapia familiar. (Bertrando y Tofanetti, 2004)

 

Las trabajadoras sociales Olga Silverstein, Betty Carter, Peggy Papp y Marianne Walters fueron las creadoras de la terapia familiar feminista y de introducir las ideas de género en la práctica de la terapia familiar. (Walters; Carter; Papp y Silverstein, 1988/1991). Steve de Shazer e Insoo Kim Berg, fueron los creadores de la terapia breve centrada en soluciones, una forma de terapia enfocada a diversos servicios públicos de Salud Mental. (Op, cit) Por último, los trabajadores sociales Michael White, David Denborought y Cheryl White han sido creadores e impulsores de las prácticas narrativas, una forma terapéutica de pensar y de hacer un ejercicio clínico social que permita liberar a los oprimidos por el sistema social, siendo la política y las relaciones de poder, piezas claves para entender los sistemas de opresión de nuestras sociedades. (White, 2011/2015)

 

Ante esto me pregunto ¿Por qué no se les reconoce su profesión como trabajadores sociales a estos colegas? ¿Cómo se ha producido esta discontinuidad del Trabajo Social sobre su práctica clínica? ¿Por qué constantemente somos asediados en nuestra identidad clínica como trabajadores sociales?

 

Ante estas cuestionantes, Miranda en Ituarte (1992, p.8) nos provocaba y decía lo siguiente: “…realmente ¿Sabemos Trabajo Social? ¿Conocemos con un mínimo de seriedad a los autores de Trabajo Social? ¿Tenemos claro nuestro rol profesional, el objeto de nuestro trabajo, nuestra propia identidad?” Dicho autor en el prólogo de este libro que es de vital importancia para el Trabajo Social Clínico de nuestra época, expresaba que hemos reducido el arsenal terapéutico de nuestra profesión en el solo conocimiento de instituciones y recursos socioeconómicos disponibles, estamos enfocados a la inmediatez de las demandas concretas que las personas con las cuales trabajamos expresan, y en este sentido, olvidamos su biográfica, sus sentimientos, sus narraciones e historias personales, y en definitiva, olvidamos las singularidades de cada persona, familia, grupos y comunidades.

 

Si alguno de ustedes no puede reconocer claramente a nuestros colegas, a nuestras madres y padres del Trabajo Social y del Trabajo Social Clínico, es porque hemos sido deformados, nos han enseñado un Trabajo Social sin historia, sin memoria y sin respuestas atingentes a nuestro tiempo. (Quiroz, 2003) Lo que se traduce en que las micropolíticas nos han asediado en nuestras subjetividades, han recreado y forjado una identidad tergiversada, que no hemos podido externalizar. Entonces la psicologización de la sociedad, y de la subjetividad contemporánea es solo el fiel reflejo de nuestra casi nula preocupación por legitimar y conocer nuestras propias prácticas. Si la Psicología goza a nivel social y cultural de una legitimidad casi incuestionable, es porque nosotros también hemos otorgado poder a dicha disciplina, ya que al situarnos solo en las cosas concretas, nos hemos fusionado con una identidad administrativa de las políticas públicas dominantes.

 

Hace poco tiempo, quizás unas semanas atrás, una persona que se agregó al grupo Comunidad Internacional de Trabajo Social Clínico me decía sin ningún tapujo o vergüenza que ella realizaba Trabajo Social por medio del Arte, entonces yo le pregunté: ¿Eres trabajadora social o artista? Y ella me respondía: “¿Por qué te importa tanto los títulos profesionales? Yo soy diseñadora de espacios, no ejerzo esa profesión, pero he aprendido arte con varios maestros y hago Trabajo Social en instituciones de salud mental…” En este breve comentario queda claro algo, que hemos perdido demasiada legitimidad como profesión, hoy por hoy cualquier persona cree que hace Trabajo Social y que no necesita de un título profesional, inclusive no vacila en identificar cualquier acción social o intervención en lo social como Trabajo Social.

 

Entonces ¿Cómo se ha producido dicha discontinuidad en nuestra narrativa profesional respecto a nuestra práctica clínica? Esta interrogante puede dejar muchos caminos, pero el primero es que le hemos dado la espalda a la literatura profesional disponible y la hemos reemplazado por manuales diagnósticos, por saberes de ciencias sociales, y otros conocimientos que no han logrado ser traducidos a nuestras prácticas profesionales. Existe un abandono radical de los fundamentos de nuestra profesión, un desconocimiento extremo de nuestra historia e identidad, y hemos reconocido como propio la mera gestión de recursos institucionales.

 

Sin embargo, y pese a lo duro de esta realidad, existimos profesionales que no hemos sucumbido a dichas micropolíticas, y hemos buscado cultivar y sembrar un nuevo Trabajo Social, un Trabajo Social Clínico que es la esencia y la identidad del Trabajo Social más clásico, y con clásico no quiero decir dogmático o asistencial. Dicho Trabajo Social en lo clínico/terapéutico constituye una preocupación real y una necesidad profesional vigente porque el tipo de sociedad en la cual habitamos predominan los problemas de salud mental y los diversos malestares psicosociales de la más diversa índole. La sociedad y los espacios institucionales que se expresan en microrealidades, requieren de abordajes clínicos, de comprensiones de la subjetividad en las personas y de sus entramados sociales.

 

 

 

 

El Trabajo Social a nivel mundial y específicamente el Trabajo Social Clínico ha pasado por diversas vicisitudes, para los colegas que viven en países anglosajones han podido acceder a una regulación profesional a nivel legal y académica, proliferando doctorados, masters y acreditaciones que otorgan licencias clínicas para el ejercicio de la psicoterapia en Trabajo Social. No obstante, para quienes nos desenvolvemos en países hispanoparlantes (o países colindantes) hemos tenido que buscar formación en programas de Psicología, Psicoterapia o Ciencias Sociales a fines que permitan desarrollar una formación o investigación clínica. Nuestro esfuerzo ha sido triple, por una parte el tener que defender nuestra postura ante un gremio que domina el mercado laboral de la salud mental y psicosocial (psicólogos y psiquiatras) los cuales no tienen la mejor predisposición con nosotros, a esto se le suma la traducción de dicho saber aprendido para la aplicación de dichos conocimientos en nuestras prácticas, lo cual no es un trabajo fácil, ya que muchas veces los programas impartidos para psicólogos clínicos no contemplan una adecuada traducción a nuestra profesión. Y por último, el tener que defender en espacios institucionales nuestra formación e identidad que constantemente es negada, subyugada u oprimida.

 

Creo que quizás podríamos atravesar por problemas más irreversibles y que serían un dilema, como por ejemplo que existan leyes que prohíban directamente el ejercicio clínico/terapéutico a nuestra profesión, reservándola solo a psicólogos y psiquiatras. En diversos países hispanoparlantes existen posibilidades de formación en variadas escuelas, universidades o instituciones, lo que garantiza la posibilidad de continuar estudios en dicha materia y seguir ejerciendo una práctica terapéutica. Creo que este breve ensayo se transformó quizás en un mensaje de esperanza, en una contextualización, o quizás también en un nuevo mapa profesional. Yo Diego Reyes Barría y mi colega español Jonathan Regalado Piñero dejamos constancia de que nuestros esfuerzos serán pasos iniciales para construir algo mayor, para otorgar un sentido e identidad acorde a las raíces de nuestra profesión. Trabajo Social Clínico debe y merecer ser legitimado, es la plataforma necesaria para proteger nuestra profesión y el legado de todos y todas nuestras colegas en lo clínico/terapéutico.

 

Espero que haya contribuido en las palabras, reflexiones y comentarios algunas certidumbres, algunas pretensiones de certeza con respecto a nuestra vida profesional. Creo que la única opción es lograr comunidad, una comunidad activa que pueda ser instruida en los cimientos de nuestra profesión. Comprometerse con lo clínico es una consigna que tenemos que seguir cultivando, y que por ningún motivo puede quedar solo como un mero texto olvidado en el baúl de nuestras memorias, no podemos dejar al Trabajo Social Clínico como una anécdota o como un bello sueño que tuvimos en una noche y que al despertar no logramos descifrar su significado relevante en la nueva narrativa profesional.

 

(*) Trabajador social, Licenciado en Trabajo Social. Universidad de La Frontera. Diplomado de Postítulo en Psicoterapia Sistémica y Familiar. Universidad de Chile. Magíster en Psicología Clínica de Adultos: Línea Sistémica Relacional. Universidad de Chile. Actualmente ejerce como trabajador social en un Programa de Reparación en Maltrato Grave y Abuso Sexual en Chile. Región de La Araucanía.

 

 

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